EL PRESTIGIO DE UN ÁRBITRO
El Tulo Aranda por obra y gracia del acuerdo político del Colegio de Árbitros y la Red de Centros Comerciales a Cielo Abierto, siempre resultó elegido para las finales o para los clásicos. Quizás su mayor virtud estaba en hacernos creer que sus errores eran producto del mal comportamiento de los jugadores. El hombre irrumpía en el verde césped con un sector abdominal casi de policía retirado, bigotes afeitados a lo Freddy Mercury y una sonrisa sobradora preparada para contrarrestar el reclamo del jugador. Nunca fue confiable y su ecuanimidad estuvo contantemente en discusión luego de cada partido. La única organización que le manifestaba cariño era la institución policial; cada vez que Aranda dirigía, el personal cobraba horas extras y recibía cachiporras nuevas. El comité organizador de eventos, jineteadas y guitarreadas declaraba los partidos en los que intervenía “Con riesgo de escándalo”. En un bar cercano a la cárcel de Piñeiro entre aperitivos y aceitunas negras m...