ESAS PUERTAS DE BARRIO

 Nadie  a ciencia poco cierta y mucho menos por deseo de romper un mito, ha tratado de saber porque  hay gente en esta ciudad que busca y encuentra puertas que conducen a la catarsis. Todas las puertas son un encuentro cuando uno las abre,  pero estas lejos de ser consultorios operan a favor de los sentimientos. Una especie de revancha romántica contra la atmosfera de lucro.

La puerta de los abrazos es sencilla, noble y fácil de encontrar en Carlos Casado. Para quien los necesite y a cualquier hora, se la podrá tocar y esperar algunos segundos para después ingresar. Con melodías desconocidas pero cautivantes alguien se acerca, mira a los ojos, abre sus brazos y respirando profundo abraza y abraza hasta que todo se afloje. Se puede estar el tiempo que necesite y se vuelve cuantas veces se necesite.

La puerta del pasillo del desamor, es la que nadie quiere golpear. Los vecinos del Barrio La Patria reconocen que el movimiento más continuo por sus calles los lunes por la noche. Un pasillo conduce a un living con vista a un patio hermoso. Se puede hablar sin parar, hacer silencios enormes y escapar por el patio corriendo hasta encontrar algo de calma. En el pasillo una frase recibe a los que se atreven: “Siempre hay tiempo para otro amor”. Alguien retrucó y escribió en la pared de enfrente  con aerosol: “el tiempo no es infinito campeón”.

El portón del ánimo se ubica en pleno barrio Fredrikson, es amplio y se llega en busca de optimismo. Se acercan aquellas personas que comienzan de nuevo en diferentes etapas de la vida. Hay comienzos laborales, inicio vecinales de recién llegados a Firmat e ilusiones afectivas que todavía no dan para el amor. Una gran mesa de patio bajo un nogal, música popular y miradas de felicidad adornan la escena. Se sale por donde quiera y no se puede volver porque con una visita alcanza. Será porque el cartel de bienvenida dice “La vida está ahí adelante”, y uno se va comprendiendo  que nada de lo que nos sucedió se presentará  igual.

De la última puerta se ha escuchado que la llaman la de las emociones. No es fácil de ubicar, se despista mucho en las conversaciones de almacén entre vecinas porque todos los barrios dicen tener una. Hay quienes aseguran haber ingresado en La Hermosa, otros en un tercer piso en el Centenario. Lo que se tiene claro es que uno abre la puerta y al vacío grita hasta desahogarse. Se exclama por encuentros inolvidables que de la noche a la mañana quedaron truncos, se escuchan frases colmadas de auto reproches,  furias que son saldos de partidos de fútbol y se gritan broncas añejas que buscan su fin.

Hay puertas y en esta ciudad, golpear y esperar esa parece ser la cuestión.

 

 


 

 

 

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