EL SECRETO DE CHUCHO (Cuento de fútbol)
A Chucho lo recibieron como a uno más en la primera práctica del Unión y a la hora del picado vieron que su andar era diferente, sus opciones en el momento de pasársela a un compañero incluían toques precisos para los que no estaban situados cerca suyo y mucho más si aparecían a sus espaldas. Una genialidad, dijeron al término de esa jornada. Un asombroso caso que iluminaría las tardes expresaron sus compañeros semanas después. Una verdad contada en voz baja porque Chucho tenía ojos en su espalda.
Fueron dos años de instantes increíbles y de un esfuerzo enorme para contener el secreto mejor guardado en el pueblo. Una omisión que se hacía piel en ocho personas nada más. Los cuatro delanteros, el entrenador, el dirigente que lo trajo del norte santafesino, el utilero y su novia.
Su aspecto no era el de un crack, su pancita lo situaba en zona de confort para la marca rival y su andar pachorriento despistaba. Eso sí, tenía una pegada magistral que le permitía sacar provecho del pase al lugar menos esperado y convertir algunos goles de taco en la puerta del área.
El gran detalle eran sus camisetas con dos agujeros pequeños simulando ser originados por polillas. Estaban situados en los números de su casaca y a partir de su llegada todas las prendas fueron color oscuro para aportar a la causa del disimulo. Uno de los delanteros dice haberlo visto guiñarle el ojo en el uno del número diez de su espalda para que picara al vacío. El utilero aseguraba haberle secado lágrimas en la columna algunas tarde de brillo y su novia insistía que las mejores charlas con miradas amorosas las tenía con él de espalda.
Unión no llegó a ser campeón con su presencia, fue protagonista esos dos años y nunca lo había sido. Salió del lugar de pobrecito para inflarse el pecho y ser imbatible en su cancha. Aprovechó su incorporación para no ser mirado de arriba por los opulentos de la ciudad que estaban acostumbrados a pasearlos y gozarlos. Tuvieron que soportar algunas semanas de desconfianza cuando Chucho la rompía y todo lo mejor lo soltaba desconcertando a feroces y costosos rivales.
Con tan solo treinta años se retiro sorpresivamente un martes cuando tenía que ir a la primera práctica de lo que sería su tercera temporada y la que pondría a Unión como candidato por única vez. El utilero –cuya especialidad era simular masajes en la columna los días de lluvia para sacarle el barro- años después, en una mesa de la sede con un vermut en su mano, reconoció que su hija que vivía en Rosario lo había visto salir ese mismo año del retiro del consultorio de un vecino oculista con un par anteojos y su mujer acariciándole la espalda.
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