LA ESPERANZA

Se llaman Nely, Marta, Graciela, Enrique, José, llegan acompañados de sus hijas e hijos, también algunos nietos y nietas que se meten en la maravillosa zona de vacuna y dicen “tengo a mi abuela en el auto, se tiene que vacunar hoy”. Es un microclima en sí mismo, habitado por los que han resistido a “todo”. Un encuentro que es síntesis de la vida misma en pandemia: las vacunadoras y las, los que más se cuidaron. Conmovedor, justo para demostrar que hay un lado de la vida siempre y hay que elegirlo.

Se reconocen detrás del barbijo cuando se levantan para volver a sus casas, los lugares más seguros del mundo del último año. Dialogan, intercambian recuerdos y halagos que reconfortan porque se pusieron pitucas para una jornada especial. En este tipo de días, la esperanza se explica así, en una cara, en una definición amable de la enfermera de turno, en un dialogo fluído porque no dolió nada, en una foto que esconde la sonrisa tras el barbijo. La poética será para otra historia, hoy como dijo Peteco “lo cotidiano se vuelve mágico”.  

El lugar no es un dato más que se pueda dejar pasar, ayer y hoy nuestros adultos mayores se vacunaron en donde se había preparado el Centro de aislamiento para cobijar lo peor que podía mostrarnos la pandemia hace un año atrás. Ese lugar vacio con relato en off que en filmaciones nos llenaba de ruido.

El tiempo que todo lo acomoda, tiene como  aliado a la esperanza,  que por más que últimamente va más despacio que nunca,  se sigue abriendo camino como la vida misma porque la única verdad es la realidad… o sea la vacuna, por más que suene a reduccionismo.



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