EL PICHI Y EL VIEJO ROMA
El Viejo Roma era un enamorado del fútbol, un romántico que cuando veía que el juego no despertaba emociones buscaba refugiarlo en los suyos que sabían como amar según sus propias palabras. Como todo anti héroe de barrio tenía su fiel ladero y defensor. El Pichi Picech, que podía irse a pintar la línea de cal a la luna con tal que el viejo siguiera en el fútbol. Un imperturbable militante de la causa de ese líder.
Las posturas adoptadas para defender un estilo, no significaban levantar una bandera pintada con la forma de jugar como muchos suponían. Ese palpitar gratificante dentro de la cancha despertaba las mejores emociones a pesar del resultado, casi inexplicablemente. Por eso los pasos dejaban huellas en sus jugadores. Había que verlo después de una derrota. Parado sobre sus ideas, todo lo definía con criterios y sensaciones amorosas. Miradas iluminadas y dulces palabras para remendar corazones heridos. En la victoria remolineaba un despertar de intensas sensaciones que hacían tocar el cielo con las manos al más tosco. Muchachos que volvían a sus casas cantando o silbando canciones de su infancia.
La relación de amor la proponía con la pelota y el juego terminaba siendo una consecuencia que encantaba y desestructuraba al más helado. Las derrotas las emparentaba con los desamores o amores no correspondidos. Sabía decir “Hicimos todo lo que el corazón nos susurró y nos entregamos apasionadamente como si el mundo dependiera de nosotros, pero ella también juega y elige”. Los abrazaba uno por uno, los juntaba y los hacía caminar por la cancha un par de vueltas con la cabeza gacha, como un enamorado que había sido despedido por última vez. El silencio comenzaba a quebrarse con algunas respiraciones profundas que los más fuertes comenzaban a dejar salir. Luego, cuando los primeros de la fila comenzaban a levantar el bocho y a pronunciar las inaugurales palabras que buscaban simplemente decir, las tomaba como propias y las hacia enunciar nuevamente. “Vamo chicos, vamo chicos. Que la desilusión no nos quede atragantada. Soltemos que esto va a pasar y vendrán domingos mejores. Si hay que lagrimear háganlo, no seremos más hombres por esconderlo. Antes de jugar estábamos convencidos del amor con el que llegaríamos hasta acá y fue bueno no haber renunciado a ello.” Reflexionaba ofreciendo la primera sonrisa mientras miraba de reojo al bufet donde Picech lo esperaba. Si la mano venía cambiada, apenas despachaba a sus muchachos y encaraba en busca de su fiel defensor decía: “no siempre se vuela alto Pichi”.
Se distanciaba de las maneras o de las formas que exigían muchos hinchas. Ellos querían ceños fruncidos y gritos al lado de la línea para mostrar guapeza. “Guapo es el que quiere enamorarse una tarde como estas”, les devolvía a los del alambrado cuando pedían que metieran. Sostenía que uno no podía ir a la cancha con cara de culo porque definían al partido como de vida o muerte. Uno debía salir en busca de su enamorada, con la mejor pilcha y la labia lista para encantar. Para lo que se veía y se proponía en las canchas, lo del Viejo era Malcriar a los suyos en nombre del querer.
A las victorias las remarcaba como noches en donde uno conocía el amor de su vida. Se quedaba en el bufet inflándose el corazón, con sus ojos brillantes mano a mano con el Pichi que lo escuchaba y le devolvía paredes para que la charla nunca se apagara.
-Pichi el futbol es el amor mismo. Son las tardes como las de hoy, las que nos hacen sentir nada nos puede pasar corriendo a la par del otro. Son esas miradas encendidas que reflejan como si fuéramos pendejos
-Viejo ese es el milagro del amor del que tanto hablás.
-Claro Pichi, es lo que vos sentís por La Cueva o por Boca. Lo que te sostiene día a día y te levanta cuando lo volvés a ver.
El viejo nunca dejó de amar al fútbol, fue el juego mismo el que con el paso del tiempo se alejó de su vida. Sonaba a desamor por lo injusto, pero la vida corre y a veces no lo hace a la par. Eso lo sabía de antemano y lo aceptaba refugiándose en los inolvidables recuerdos.
Solo Pichi lo visitaba y lo hacía los domingos, cayendo a la casa con los bizcochos que le gustaban golpeando la ventana a la hora que comenzaban los partidos de la liga con el sonido de la radio a medias. Un encuentro entre dos buenos y queribles. Una cita que los devolvía al lugar que tanto habían querido y por el que hubieran dado todo lo que guardaban en su corazón.
Ni el Viejo ni el Pichi están más por estos pagos. El amor por el juego se fue con ellos y las tardes del domingo no son lo mismo. Por suerte Roma dejó un legado que siempre repetía su compinche: “lo que se ama hay que abrazarlo para volar juntos”.

Negrita lo que escribiste es maravilloso..... Cuando leo lo del pichi me hace lagrimear... Lo tenemos y tendremos siempre presente en nuestros corazones..... Por favor difundirlo es un relato hermoso..... Gracias por enviármelo.... Un fuerte abrazo!!!
ResponderEliminarpongan el nombre así se quienes son porque no me detalla y de paso les agradezco el cariño.
EliminarEmocionante negra... Me encantó!!!
ResponderEliminarpongan el nombre así se quienes son porque no me detalla y de paso les agradezco el cariño.
EliminarGracias negra... Gracias por este cuento que se hace nudo en la garganta...
ResponderEliminarpongan el nombre así se quienes son porque no me detalla y de paso les agradezco el cariño.
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